El Flamboyán y la Mimosa: un amor en silencio

Porque los flamboyanes también se enamoran... Nos contaron que hace mucho tiempo un Flamboyán vivía a la vera de un henequenal abandonado, poco transitado. Varios metros a su distancia, había otro árbol, una Mimosa, de la cual el Flamboyán estaba cautivado, sobre todo cuando se cubría de flores amarillas: para él era tan hermosa como el sol, y así se lo decía a través del único medio de comunicación que tienen las plantas, el agua subterránea. Un día acamparon cerca del flamboyán dos ladrones del pueblo. El árbol les veía dormir y también emborracharse pero no podía hacer nada al respecto. Ni siquiera cuando le dibujaron una diana y le lanzaron dardos hizo nada. Solo se quejaba a través del agua del subsuelo.

Comenzaron unos incendios descontrolados. El agua le traía al Flamboyan los gritos desesperados de todos los árboles del monte. Una ceiba plantada en el patio de una casa del pueblo cercano, lanzó otro mensaje de socorro a través del agua subterránea: ¡Esos ladrones entran a robar en las casas de los hombres que intentan apagar el fuego en monte! Como cada noche, los ladrones regresaron a su refugio junto al flamboyán cargados con su botín. Permanecieron varios días sin moverse de allí, esperando a que se cansaran de buscarles, bebiendo, durmiendo, jugando a los dardos y a las cartas. El flamboyán y la Mimosa se miraban impotentes, pero ¿qué podían hacer ellos?

Al día siguiente la mañana pintaba nublada, así que previendo la lluvia, los ladrones pensaron que era bueno cubrir del agua las cosas que robaron y lo mejor era hacerlo con ramas del árbol que les quedaba próximo, así que tomaron un hacha y le tasajearon varios de sus brazos a la pobre Mimosa.

Con el paso de los días, la lluvia cesó pero la Mimosa nunca se recuperó de tan severas mutilaciones. Y ahí estaba su fiel enamorado, lleno de rabia viendo cómo perecía su amada. Fue tal su furia que comenzó a crecer, crecer y crecer y un estallido de flores rojas cubrió todo el horizonte que desde el pueblo se veía aquel enorme ser pintando de rojo fuego el cielo. Entonces todos los habitantes, atraídos por la magnificencia de este árbol se arremolinaron en torno a él, y los ladrones cuyo escondite estaba cerca, se sintieron acorralados y confesaron que ellos habían robado todas sus pertenencias y todo gracias a la denuncia, roja y muda, del flamboyán.

A partir de ahí, las aguas del subsuelo contaron esta historia a todos los árboles y los flamboyanes de los otros pueblos, orgullosos de su hermano, pidieron al cielo vestirse de ese mismo color rojo fuego que ilumina las tardes de nuestra tierra.

Al Interior TV

 
 
 

Radio en vivo

Videos

facebook