El relato de los hermosos flamboyanes

¿Sabías que en el principio de los tiempos el flamboyán era un árbol sin flores?     

Hace muchísimos años, un flamboyán vivía al borde de un camino muy poco transitado. A cientos de metros más adelante, vivía una mata de mimosa. El flamboyán la amaba profundamente, sobre todo cuando se cubría de flores amarillas: para él era tan hermosa como el sol, y así se lo decía todos los días utilizando el secreto medio de comunicación que tienen las plantas, que no es otro que el agua del subsuelo. Todo el mundo vegetal se riega a través de la tierra con la red de riachuelos que tocan sus raíces. Así, cuando liberan sus mensajes hacia ellas, el agua los transporta hasta las raíces de los demás árboles y plantas, y así le hacía llegar el flamboyán a la mimosa sus mensajes de amor. Por este canal de comunicación un roble de Asturias podía contarle un chiste a una encina de Extremadura sin dificultades, y un olivo catalán podía comunicarle a uno jienense la calidad de las aceitunas del año en su comarca. Porque, aunque el ser humano siempre haya pensado que las plantas ni sienten, ni padecen ni hablan, no es así.

Un día acamparon cerca del flamboyán dos hombres. Se escondían de día, y sólo salían de noche. El árbol les veía dormir, beber hasta emborracharse, y le producían una cierta repulsión, pero no podía hacer nada al respecto. Ni siquiera cuando le dibujaron una diana en el tronco y le lanzaron una y otra vez sus dardos hizo nada por evitarlo. Se quejaba a través del riachuelo subterráneo, pero nada más.

 Aquella misma noche comenzaron los incendios. El agua le traía los gritos desesperados de los pinos del bosque oeste: alguien les había pegado fuego por cuatro sitios distintos. Los hombres del pueblo tardaron días en apagarlo, y se vivieron momentos de desesperación en el mundo vegetal. Un níspero, plantado en el jardín de una casa, lanzó otro mensaje de socorro: ¡Ladrones en el pueblo! ¡Los mismos que queman los pinos roban en las casas de los hombres que intentan apagar el fuego!

Esa tarde, los dos hombres que acampaban tras el flamboyán regresaron a su refugio cargados con el producto de sus robos. Permanecieron varios días sin moverse de allí, esperando a que se cansaran de buscarles, bebiendo, durmiendo, jugando a los dardos y a las cartas. El flamboyán y la mimosa se miraban impotentes, muchos pinos habían muerto en el incendio provocado por esos dos criminales, pero ¿qué podían hacer ellos?

Al cabo de una semana, los dos hombres volvieron a la carga: prendieron fuego al bosque del sur, y el viento, ciego y sordo a las súplicas de los árboles, sopló fuerte extendiendo las llamas varios kilómetros rápidamente. Y otra vez, aprovechando los esfuerzos de la gente por salvar el bosque, los ladrones desvalijaron a su antojo cuanta vivienda les apeteció. Al amanecer volvieron a esconderse en su refugio tras el flamboyán, que, desesperado por los gritos subterráneos de la vida vegetal del bosque del sur, tenía la savia hirviendo de impotencia.

El día siguiente amaneció plomizo, y previendo lluvia, los dos forajidos decidieron cubrir su escondite con ramas frondosas para protegerlo del agua; no se les ocurrió mejor idea que coger un hacha y despojar de varios de sus brazos a la mimosa. El flamboyán ya no pudo más. Tenía que hacer algo.

Cuando cesó la lluvia, dos días después, el árbol había crecido, quedando por encima de los demás árboles de los alrededores. Y había florecido, mejor dicho, se había cuajado de miles de flores, de un rojo tan intenso como el fuego. Se distinguía su llamarada de color desde varios kilómetros a la redonda, incluso desde el pueblo, y desde allí acudió la gente, atraída por la rareza de tal fenómeno. Los dos ladrones se vieron sorprendidos por una multitud, y pensando que venían a detenerlos salieron huyendo precipitadamente, delatando así su escondite. No llegaron muy lejos, fueron detenidos y encarcelados gracias a la denuncia, roja y muda, del flamboyán.

Las redes de agua subterránea contaron esta historia a todos los árboles del mundo, y los flamboyanes, orgullosos de la valentía de su hermano de raza, florecen desde entonces de igual manera que aquel, para que nadie le olvide.

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