"Un Domingo Negro para el PRI": Por Adolfo Calderón Sabido

El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes, entre cadenas —Rousseau

Domingo, julio de 2000. Estoy en la Casa del Pueblo, la noticia parece llegar como un aire que hiede y se infiltra en los poros de las paredes, y, aunque aún esperamos los resultados de las casillas más alejadas, después de la noticia las oficinas comienzan a quedar desiertas. Ernesto Zedillo acaba de informar a la nación que Vicente Fox derrotó a Francisco Labastida. De este último personaje lo único que recuerdo es que leía a Enrique Serna.

Un par de semanas después de aquel domingo negro junto a Panchito Medina —quien fue el entonces presidente estatal del Frente Juvenil— recorro los municipios de Yucatán en el Forastero: un Volkswagen blanco que en varias ocasiones tenemos que empujar; el mismo en el que escuchamos en el estéreo el casete de Guns N’ Roses, que dobla las esquinas corcoveando y deambula por las calles de Temax o Tizimín, ese mismo en el que me basta ahora cerrar los ojos para imaginar a Panchito diciendo: “Axel Rose es un Dios”, mientras suelta un escupitajo por la ventanilla y rasga en una guitarra imaginaria los acordes de November Rain.

Vuelvo a verme a los 22 años cuando me proponen presidir la Comisión de Honor y Justicia en una asamblea amañada, en donde incluso aquellos que mencionan a las personas para ocupar los cargos se les confunden las notas donde el dedo seleccionador les había escrito los nombres de los elegidos. “No acepto el cargo que se me propone porque no responde a un espíritu democrático”, digo, y la asamblea se pone a deliberar. Mirna Hoyos levanta la mano para ocupar el lugar vacío. Nosotros proponemos a Herbert Vera, quien gana aquella elección por una gran diferencia de votos. En aquellos días el PRI vuelve a sus militantes y podemos disentir en los consejos políticos.

En las tertulias que armábamos al cruzar de la Casa del Pueblo a la cantina el Chemisse, entre el olor a humedad y a cigarro, Rodrigo Vargas, Roberto Dorantes, Freddy Blanco, Moisés Almeida, Panchito Medina y Tonatiú Villanueva, disfrutamos con avidez los debates políticos de palabras incendiarias, nos entusiasman las ideas, leemos a Carlos Fuentes, a Sartre, a Borges o a Alfonso Reyes con la misma pasión con la que escuchamos la música de Silvio, de Serrat, de Joaquín Sabina y Chico Buarque.

Aunque ahora pienso que quizá nunca tuvimos total libertad, es justo decir que nos sentíamos hermanados en la lucha. Esas luchas nos enseñaron a no dar nada por sentado, a opinar, a cuestionar, a diferir, a ser ajenos del fervor fanático de quienes entienden la política como el culto a la personalidad del dirigente en turno. Muchas veces me topé con voces que me decían: “¿Qué es lo buscas en el PRI?”, “Estás perdiendo tu tiempo” y otra serie de juicios no tan bien intencionados. Lo cierto es que a pesar de que tenía muchas dudas, el destino me gritaba a la cara que reunirme con los militantes era una forma también de encontrarme conmigo.

El PRI de entonces rescató a las minorías, replanteó su acercamiento a los campesinos, a quienes les ofreció liberarse de los intermediarios y de los abusos gubernamentales. Pudo comunicar a la clase media un mensaje contundente: el PRI sí sabe gobernar.

Mirando a la distancia puedo afirmar que los triunfos posteriores los construyeron las fuerzas políticas que desde el interior de Yucatán lograron seducir a la mayoría de la población. Fueron los militantes de base los responsables y no los fatuos mercadólogos de grotesca lealtad al dinero. Vuelvo al recuerdo de otra asamblea política donde los líderes obreros, mientras peleaban a empujones por un lugar en el presídium, son interpelados por los jóvenes que los exhortan a conducirse con decoro. Aquel partido nos permitía hablar, discrepar, disentir.

Como una analogía del ayer, 18 años después Peña Nieto reconoce como ganador de las elecciones a la presidencia de la República a Andrés Manuel López Obrador. Rolando Zapata Bello hace lo propio en la gubernatura de Yucatán a favor de Mauricio Vila Dosal. Después del funeral, tras la derrota, mi paisano Emilio Gamboa Patrón dice en una entrevista: “Nos dimos un balazo en el pie”, metáfora que no comparto.

El PRI perdió la gubernatura de Yucatán, la alcaldía de Mérida, dos distritos federales y también los municipios con mayor número de habitantes. La sociedad le otorgó al PRI una nueva oportunidad que no supo aprovechar: se acabó la competencia real interna, también se acabaron las causas y los dirigentes hablaron con los mismos discursos inánimes a una sociedad que ahora se comunica de una manera diferente. Las redes sociales son ahora la plaza pública que permite a los habitantes de los municipios más alejados enterarse, en tiempo real, de lo que sucede en Mérida y viceversa. Pero también se equivocaron quienes pensaron que hacer política exitosamente era proporcional al número de fotos posteadas en Facebook. Las elecciones recientes demuestran que se puede tener el control de algunos medios de comunicación, de la mayoría de los portales de internet, pero no de la percepción ciudadana.

El PRI se sentó en un sillón negro en el interior de una amplia oficina con aire acondicionado y ya no salió más. La voz fue apagándosele hasta quedar muda, prohibió discrepar, vetó a los que pensamos diferente, impidió ser candidato a menos de contar con la bendición sagrada, interpretó encuestas que en realidad nadie entendió y que sirvieron para justificar las imposiciones. ¿En qué parte de los estatutos dice que sólo puede ser candidato el hijo de algún político encumbrado sin más mérito que el apellido o alguien palomeado por la élite? La verticalidad falló y el partido fue perdiendo su razón de ser.

El PRImer disparo

En los distritos locales, —aunque existen algunas excepciones— las decisiones de las candidaturas respondieron a intereses cupulares. Era fácil escuchar en los corredores del PRI o en las oficinas de gobierno: “Éste es de Libo, aquél es de Ramírez Marín, éste es de Caballero”, ¿y quién abanderó las causas que hoy le preocupan a la sociedad? Los candidatos siguieron con los discursos huecos: nadie habló del matrimonio homoparental, nadie propuso alguna ley para eliminar las bolsas de plástico en establecimientos comerciales —como la que recientemente entró en vigor en Chile y en estados como Querétaro, Baja California y Veracruz—, no se dijo nada de la legalización de la mariguana ni de la despenalización del aborto, temas que ya están en debate dentro de nuestra sociedad y en los que nadie se atrevió a fijar una postura, quizás por miedo a perder votos que —hoy se dan cuenta— ya no tenían.

Segundo disparo

En Yucatán no funcionó la misma estrategia para fragmentar a la oposición como la realizada en el Estado de México. Se invirtieron fuertes sumas de dinero en los candidatos del Partido Verde y de Nueva Alianza, sin importar que debilitaran a los candidatos a presidentes municipales del PRI. ¿Cómo entonces podía pedirse lealtad? Se volvió el juego de Juan Pirulero: que cada quien atienda su juego; de allí que en muchos municipios ganara el PRI la alcaldía, pero no la gubernatura. ¿A quién le dan pan que llore? Con dinero, pero sin operación política, las cosas no funcionaron: tal vez esperaban que por ósmosis inversa, los candidatos del Verde o de Nueva Alianza olvidaran que su partido había preferido a otro. Así, pulverizaron el voto duro: la lealtad ya no importaba.

Tercer disparo

“Yucatán Primero”, copia del American First, eslogan de campaña de Donald Trump, resultó una narrativa equivocada. No decía nada, palabras vacías donde lo único que resalta son las tres primeras letras de un partido tan desprestigiado que ya pocos lo querían. “Yucatán primero”, contra “Yucatán merece más”, no pudo hacer nada.

Disparo al aire

Nunca segundas partes fueron buenas. La campaña se basó en una réplica de la de Rolando Zapata: “Diálogos por Yucatán” se transformó en “Diálogos con Sahuí”. La estrategia territorial del 1 al 100 se volvió de 1 al 20; las propuestas de campaña fueron un informe de gobierno ampliado que opacó los atributos de Mauricio Sahuí, un político de convicciones, alguien que disfruta leyendo a Andrés Oppenheimer y que comparte con los demás sus conocimientos, y que por muchos años apoyó a jóvenes con becas para que continúen sus estudios, un amigo que en las tertulias declama con fervor.

Nada de esto dejaron ver en la campaña, pudieron más las voces de quienes dijeron que apostarle a la continuidad era la única estrategia, esas mismas voces de aquellos que incluso lo vistieron con el mismo pantalón café y la misma camisa blanca de Rolando Zapata Bello. Tampoco funcionó.

Estimado paisano Emilio, por estos recuerdos y por otras razones que contaré en columna aparte es que disiento de tu metáfora: con un arma a la que ya se le acabaron las balas, nadie se puede disparar en el pie.— Mérida, Yucatán.

 

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