La tradición de la Cruz Parlante Cruzoob

Los mayas cruzo’ob son los seguidores de la Cruz Parlante, aparecida en 1850 cuando después de tres años de iniciada la Guerra de Castas, por lo cual intentaron recobrar su autonomía y expulsar a los extranjeros de su territorio 1 , se encontraban con sus principales líderes muertos, sin poder de organización para enfrentar a las tropas yucatecas y con numerosas pugnas internas por allegarse al liderazgo del movimiento. 

    La introducción de la cruz como símbolo religioso, en el cual confluían tanto las concepciones religiosas prehispánicas como las cristianas, permitió a los mayas prolongar su lucha armada por más de cincuenta años debido, principalmente, a las series proféticas que la Cruz externaba en las que prometía a sus seguidores la inmunidad ante los ataques de los enemigos, así como la instauración de una nueva sociedad maya donde no existiría el hambre, el sufrimiento, las injusticias y la esclavitud

    Los mayas rebeldes, entonces, se autodenominaron macehuales o cruzo’ob (las cruces), a causa de la elección divina que habían gozado pues, decían, Dios los había escogido como su pueblo, abandonando a los blancos contra quienes estaban en guerra. La toma de su capital sagrada, Noh Cah Chan Santa Cruz Balam Nah (hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo), por parte del ejército yucateco, es considerada como el término oficial de las hostilidades. Los mayas se refugiaron en las selvas quintanarroenses donde fundaron tres cacicazgos, en los cuales organizaron su forma de vida alrededor del culto a la Cruz.

Uno de estos cacicazgos es Xcacal Guardia, al que pertenece Tuzik, un pequeño pueblo de cerca de 600 habitantes localizado, aproximadamente, a 35 kilómetros al norte de Carrillo Puerto, en donde realicé, en 1994, varias temporadas de campo motivadas por el interés de analizar los elementos que daban sustento a la identidad macehual. Al finalizar mis estudios llegué a la conclusión que la existencia de los cruzo’ob no puede ser separada del sistema religioso que implementaron para dar culto a la Cruz Parlante, la Santísima, como la conocen los macehuales, imagen de una tierra prometida y de un cielo esperado que, desde su aparición, se convirtió no sólo en su Dios sino en la razón íntima de su existir.

  El trabajo que ahora presento aborda la importancia que tienen las promesas de la Santísima dentro de la vida de los cruzo’ob, a fin de entender por qué, después de casi ciento cincuenta años, los macehuales se conservan como tales en espera del cumplimiento de las profecías divinas y, hoy más que nunca, continúan rindiendo culto a la cruz. Este ensayo, entonces, se conducirá de la siguiente forma: en un primer momento ofrecerá un breve panorama de la tradición profética entre los mayas, que servirá de base para analizar después, el inicio de una nueva serie profética inaugurada por la Cruz Parlante. Posteriormente, abordaré el estudio de las señales del fin del mundo, como una continuación de la tradición profética, intentando observar la importancia que adquieren en las comunidades cruzo’ob.

Dentro de la organización religiosa que poseían los mayas ates de la llegada de los españoles, los sacerdotes adivinos (chilamo’ob) tenían el encargo de anunciar los nuevos tiempos que sobre la sociedad vendrían , es decir, la función de descifrar la rueda de los katunes con su carga de acontecimientos que se cernían sobre la sociedad 5. Estas series de oráculos o augurios fueron guardados como parte de la voluntad divina sobre un pueblo profundamente religioso, y plasmados en códices escritos en jeroglíficos mayas, cuya importancia era significativa, ya que para los mayas el universo nacía, moría y se regeneraba de nuevo lo mismo que la sociedad. Estas series de oráculos o augurios fueron graduados como parte de la voluntad divina sobre un pueblo profundamente religioso, y plasmados en códices escritos en jeroglíficos mayas, cuya importancia era significativa, ya que para los mayas el universo nacía, moría y se regeneraba de nuevo lo mismo que la sociedad 6 y el registro preciso del tiempo era exigido ante la idea cíclica de la historia, en donde los acontecimientos necesariamente tendrían que repetirse. Los libros sagrados que registraban la carga de los katunes podían hacer que la sociedad se preparara cada 260 años, cuando la rueda del katun volvía a estar en su posición original, y los acontecimientos pasados volvían a sucederse de nuevo. En la concepción cíclica del tiempo, el mundo terminaba por medio de catástrofes que daban origen a una nueva era. De esta forma, el universo había sido creado y destruido en diferentes ocasiones, en un conjunto de etapas sucesivas.

    Con la conquista española llegó también la evangelización, que intentó desterrar la religión indígena e implantar la promovida por la iglesia católica. Los mecanismos empleados en el afán de borrar las prácticas indígenas dedicadas a divinidades concebidas como paganas, incluyeron diversos métodos tales como la destrucción de códices y estatuillas de barro y cedro tenidas por los cristianos como ídolos, como sucedió en la población de Maní, en lo que ahora es el sur del estado de Yucatán, en donde se perdió una riqueza atesorada por siglos, hecho que fray Diego de Landa, testigo y promotor de la acción, describe para la posteridad: “Hallámosles gran número de libros de estas sus letras y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedad del demonio, se los quemamos todo, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena.”

    Al respecto, López Cogolludo reitera en su Historia de Yucatán que Landa “hizo juntar todos los libros y caracteres antiguos que los indios tenían, y por quitarles toda ocasión y memoria de sus antiguos ritos: cuantos se pudieron hallar se quemaron públicamente el día del auto, y á las vueltas, con ellos, sus historias de sus antigüedades”.

    La destrucción de los libros sagrados, así como la persecución que sufrieron los sacerdotes mayas por parte de los evangelizadores no sólo significó para el pueblo la pérdida de su pasado escrito, sino la posibilidad de prepararse para el futuro con el fin de recibir la carga fatídica de los katunes. 11 Sin embargo, la tenaz y celosa evangelización por parte de los misioneros franciscanos nunca pudo borrar totalmente las creencias religiosas ni el conocimiento prehispánico sobre medicina y tiempos rituales, entre otros. Las series proféticas fueron reconstruidas por indígenas que, tomados como ayudantes de los frailes, aprendieron a escribir en “castilla”, naciendo así los libros proféticos del Chilam Balam, que fueron adoptados en las comunidades indígenas como un legado de sus antepasados, como la palabra divina sobre su historia y futuro, cuya lectura se hacía con relativa frecuencia, aun después de tres siglos de presencia ibérica.

    Los libros proféticos ofrecían a un pueblo oprimido la esperanza de su liberación, del regreso de antiguos tiempos de gloria en los cuales los mayas dominaban su territorio y regían su forma de vida. Estas profecías se encontraron presentes en los levantamientos indígenas yucatecos de la época colonial, que intentaban restaurar la autonomía perdida 14; los libros proféticos también mantenían firme la idea del tiempo cíclico y de la necesaria repetición de los acontecimientos sucedidos en la era anterior. El guardián del Chilam Balam de Chumayel, en 1766, alude claramente a ello cuando asienta en el documento: “Estoy en 18 de agosto de 1766. Hubo tormenta de viento. Escribo su memoria para que se pueda ver cuántos años después va a haber otra.”

    La vigencia de estas prácticas y creencias también fue observada por los españoles; por ejemplo, Pedro Sánchez de Aguilar, al escribir un Informe contra los cultores de los indios, en la primera mitad del siglo XVII, manifiesta que los rituales prehispánicos y las series proféticas seguían teniendo vigencia entre los indígenas a pesar de los años dedicados por los frailes a la evangelización; de esta forma, indica que “las abusiones y supersticiones, que usan y heredaron de sus padres estos Indios de Yucatán, son muchas y varias: las que yo pude alcanzar, pondré en este informe, para que los Curas las reprueben y reprendan en sus sermones y pláticas”.

    La historia cíclica no era necesariamente fatídica ni algo determinado ni ineludible, sino que la conciencia activa del destino hacía a los mayas prepararse para los acontecimientos que debían de suceder e incluso cambiarlos, en una necesidad de comprender y hacer manejable su futuro . A esta concepción del tiempo se fueron agregando elementos cristianos hasta llegar a formar una unidad indisoluble, que pasó a ser parte del sustrato religioso del pueblo, que se mantuvo vigente de generación en generación y que recibió nuevo impulso con la aparición de la Cruz Parlante, en donde confluyeron las series proféticas prehispánicas y se inició una nueva 17, producto de la relectura de las anteriores bajo el abecedario de una sociedad envuelta en un conflicto bélico.

    La Cruz Parlante mantuvo, reafirmó y recreó la idea del tiempo cíclico, como pudo ser constatado por Morley y Villa Rojas. El primero de ellos afirma que el mundo, según los mayas yucatecos, había pasado por cuatro etapas, la primera había sido habitada por enanos que construyeron las grandes ciudades mayas, hoy en ruinas. El segundo mundo había sido habitado por los dzulo’ob, y el tercero fue poblado por los macehualo’ob. Los dos primeros fueron destruidos por un diluvio, mientras que el tercero, por una inundación. El mundo actual, el cuarto, es habitado por una mezcla de todos los habitantes anteriores y también habrá de ser destruido.

    Si Morley hace referencia a los mayas yucatecos contemporáneos, Villa Rojas precisa la cosmovisión religiosa de los mayas de Tusik en un relato recogido en esa localidad en donde señala que la humanidad había pasado por diferentes etapas: enanos, itzáes y mayas, cuya grandeza terminó con la llegada de los españoles 19. En estas versiones de Morley y Villa Rojas, la dinámica del universo está unida a la idea de muerte y regeneración. Para volver a nacer primero se debe morir.

    A raíz de la aparición de la Cruz Parlante, la concepción cíclica de la historia tomó una nueva forma con los elementos cristianos de que hizo uso. Así, la inminente destrucción del mundo prometido por Dios, el paraíso, el reino de Dios que –para los macehuales– lograría su concreción sólo en este mundo. De esta forma, la serie profética inaugurada por la cruz macehual nació en el seno de la Guerra de Castas. (Con información del CIR-UADY). 

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